Estos días ha sido noticia la airada reacción del popular showman Andreu Buenafuente cuando una revista cardíaca publicó unas fotos suyas en las que se veía donde la espalda pierde su honesto nombre. O sea, el culo. Buenafuente dice que no piensa quedarse de brazos cruzados ante algo que le produce "asco".
Hombre, la verdad es que el culo de Buenafuente es como el del 90% de los mortales, para qué nos vamos a engañar. No tiene ningún misterio ni belleza. Morbo sí, está claro. No es lo mismo el culo de OliverBCN (a quien conocéis cuatro gatos) que EL CULO DE BUENAFUENTE (en mayúsculas). Ese culo se posa cada noche en su silla rodante del plató donde realiza su programa. Es el culo de un famoso.
Pero como todos los culos, también merece su intimidad. ¿Verdad que Buenafuente no se baja los pantalones cada noche para mostrárnoslo? Por lo tanto, no es un culo público. O no debería serlo. Así, debo proclamar y proclamo que desde este mismo instante no miraré las fotografías de la revista Sorpresa en las que aparece el culo de Buenafuente y las pintarrajearé con un boli bic para hacer desaparecer tal intimidad de mi vista.
No obstante, estoy deseando escuchar al Follonero (gran Évole) cuando regrese Buenafuente al programa. El tema (no el culo, por supuesto) tiene que salir en el programa. Porque Buenafuente, si se precia de ser un buen cómico, tiene que aprender primero a reírse de sí mismo. Eso sí, lo que él haga con su culo no es cosa nuestra ni nunca lo será, porque su culo nunca será el nuestro ni tampoco actuará como el nuestro. O como el de Camilo José Cela, famoso por beber agua por su ano. Qué cosas, ¿verdad?
Agradecemos la inestimable colaboración del personal del 'Brilliance of the Seas', sin cuya aportación hubiera sido imposible realizar este artículo.
Hoy voy a hablaros de mis vacaciones. Prometo no pasaros un sinfín de fotos ni ahondar en detalles sobre los doce días en los que -teóricamente- he desconectado del mundo. Sencillamente, voy a explicaros mi primera experiencia en un crucero, porque en esta vida para todo hay una primera vez.
Hasta este verano, mis experiencias marítimas se limitaban a algún que otro viaje en las Golondrinas del Puerto de Barcelona o, como mucho, una travesía en Ferry de Barcelona a Mallorca (la cual merece un artículo que subiré más adelante). Pero lo que acabo de vivir no tiene nada que ver con todo ello. No es una experiencia única. 2.499 personas más (sin contar la tripulación) pueden atestiguar lo que escribiré a partir de ahora.... aunque cada uno explica la película como la ve.
El escenario flotante de esta particular historia se llama Brilliance of the Seas, un espectacular navío de 13 pisos de altura que no te lo acabas nunca. Es decir, un hipermegahotel para surcar los siete mares si es preciso, con ascensores de cristal, discotecas y bares por todas partes, piscinas de agua salada y hasta mesas de ping pong. O sea, como el Princesa del Pacífico de aquella popular serie cuyo título es el mismo de este artículo, pero a lo bestia.
Hay varios detalles positivos que se pueden analizar nada más embarcar. En primer lugar, facturas las maletas y te las encuentras en tu camarote, de donde ya no saldrán en todo el viaje. Fantástico, ¿verdad? En segundo lugar, te dan una tarjeta que supone tu identificación en el barco y que es tu salvoconducto para entrar y salir de él (en lenguaje marinero, subir a bordo y bajar a tierra). Además, esa tarjetita te sirve para pagar todo a bordo (eso ya no es tan bueno, luego hablamos de ello). Y en tercer lugar, los trámites son rápidos. Nada que ver con la Administración Pública o con algún que otro club de fútbol que conozco.
Aunque no todo es tan bonito. Enseguida te das cuenta que el barco de marras es un sacacuartos de aquí te espero. Hacen todo lo posible porque te dejes los dólares -aquí no trabajan con euros- en la superchalupa. El primer tragaperras se te presenta nada más embarcar. una gentil señorita -que, por cierto, no tiene ni idea de castellano- te hace parar ante un cartel para hacerte... ¡la primera foto! No será la última. Sólo les faltaba entrar en el retrete para fotografiarte en plena actuación sobre el 'trono blanco'. Y después, pasa por el departamento correspondiente para recoger tus fotos al módico precio de 20 dólares/unidad. Pero por suerte, la tecnología se alió con casi todos los pasajeros, que llevaban su cámara digital correspondiente.
Así que poco negocio hicieron en el barco con el tema fotográfico. De todas formas, no les preocupaba mucho, la verdad. Había otras maneras de obligar a rascarse el bolsillo. por ejemplo, las tiendas de compra compulsiva, el llamado 'duty free'. Sí, claro, todo a muy buen precio pero, ¿para qué quiero comprarme esa botella de Bailey's a 18 dólares -2 por 36$- si a mí no me gusta el Bailey's? Y lo que es más grave: ¿Por qué demonios tengo que comprarme una camiseta con el emblema de Royal Caribbean -la compañía naviera organizadora- cuando es simple propaganda?
Y si tienes sed en el barco, lo único gratuito es el agua con hielo, el té helado, el jugo de guayaba -realmente asquerosito- y el café americano. Remarco lo de café americano porque si pretendías tomarte un Espresso o un Cortado, tenías que pasar por caja. El café americano es agua con cierta dosis cafetera, en concreto de la marca Seattle's the Best, que os puedo asegurar que nunca compraré si estoy en mi sano juicio. Os podéis imaginar cómo era aquel mejunje que, al menos, servía para quitar la sed un poco. El resto de bebidas -excepto el zumo de naranja en los desayunos- sólo se servían previa profanación de la famosa tarjetita de la que os hablaba antes.
Total, que la tarjeta de marras iba a ser clave. Aún la guardo aunque ya sólo es un mero elemento de recuerdo. Ya no puede sangrar más mi cartera... ni tampoco puede abrir el camarote que ocupábamos mi mujer y yo. En la planta tercera, exterior, a babor (lado izquierdo del barco).
Lo primero que ves nada más entrar a dicho camarote da como bastante mal rollo. Encima de la cama observas dos salvavidas. ¿Me están diciendo que me he metido en el Titanic y que soy Leonardo di Caprio? Una vez comprobado en el espejo que ni lo uno ni lo otro, escuchamos un mensaje por la megafonía del barco, en el que se nos 'invita' a un simulacro de emergencia. O sea, que hay que ponerse el chaleco de las narices, salir del camarote y dirigirse al punto de encuentro. la cosa sale bien, aunque me gustaría saber si en caso de emergencia verdadera, el respetable iba a armar tanto cachondeo o iba a salir con su camarita a hacerse fotos antes de embarcar en las lanchas salvavidas.
Se acaba el simulacro y volvemos a la realidad del barco. En el camarote nos encontramos un cuadernillo en el que se nos explica las actividades del día siguiente. Bonita costumbre, la verdad. Y ahí tenemos nuestro primer contacto con un miembro de la tripulación 'propinero', o sea, que recibe propinas al final del viaje. Se trata del asistente de camarote, un tal Eric de Trinidad y Tobago que parece un quarterback de fútbol americano. Un hombre muy amable... que no tiene ni idea de hablar castellano, cosa criticable en una cubierta en la que el 70% de los viajeros eran de habla hispana. El tío no chapurreaba ni una palabra de español ni tampoco hacía el esfuerzo. Mal empezamos. Así que decidí utilizar con él el catalán. Para que no me entendiera, prefería saludarle cada día en la lengua de Pompeu Fabra. Sé que puede parecer una actitud un poco borde pero pregunto: ¿Qué le costaba hacer un pequeño esfuerzo? No le estaba pidiendo que me hablara en swajili, la verdad.
Dejamos al amigo Eric con sus quehaceres y nos dirigimos a encontrarnos con los amigos con los que compartimos travesía del Mediterráneo. Llega la hora de partir y nos imaginamos que la cosa será como en 'Vacaciones en el Mar'. Todos en las cubiertas, lanzando confetti y serpentinas mientras el capitán Stubbing hace sonar la bocina de la embarcación. Claro que miras el aspecto del Moll Adosat y no había nadie despidiéndote. Tan sólo dos o tres mozos del Puerto y poco más. De todas formas, el momento de la salida no deja de ser espectacular. Ves cómo te vas alejando de Barcelona en aquella nave que apenas se mueve. Cada vez te sientes menos como un pulpo en un garaje, pero quedan muchas cosas por conocer. Entre ellas, al resto de la tripulación principal y a los animadores. Uno es un personaje engominado, que parecía sacado de un empalagoso pastel de gelatina. El tipo se llama Bill y es el Director de crucero. Para que os hagáis una idea, es de esas personas que caen mal nada más verlas. Con él trabaja una binguera. Mejor dicho, una animadora de bingo. Lo digo por que cada día era la misma canción. Iiiiiiiiiit's bingo timeeeeeeee!!!! Era la encargada de gestionar el juego que cada día daba miles de dólares a los bingueros de turno. Su nombre era Vita, conocida en la nave como la 'Dolce Vita', en grácil juego de palabras.
(continuará... o no)
Hace un par de meses estuve en Madrid. Yo siempre digo que Madrid es una ciudad en la que nunca me perderé. Quizá porque soy un poco urbanita. Quizá porque tiene un no se qué esa ciudad, algo que no te deja indiferente cuando estás.
Pero Madrid era, es y será un caos. El centro, patas arriba. Obras por todas partes -como en Barcelona, claro-, masificación total y encima calor, mucho calor. Si a ello le unimos el concepto "Metro sin aire acondicionado", el resultado es una sensación insoportable que te acompaña durante la estancia y que te hace agradecer el llegar al hotel y encender aquel aparatito diabólico que refresca la habitación.
Los miembros del Comité de Evaluación del CIO no viajaron en Metro durante su estancia en Madrid pero a lo mejor algún "chivato" les puso en antecedentes. Sí, el Metro lleva a todas partes. Incluso al Aeropuerto. Pero es lento e incómodo. Caluroso y maloliente, por culpa de los muchos incivilizados que lo toman sin conocer lo que significa ponerse bajo la ducha por las mañanas. Eso sí, es cosmopolita. Reúne tantas culturas en un solo vagón que parece algo ideado por mister Fòrum, Joan Clos Van Damme.
El Metro de Madrid debe mejorarse, no cabe duda. Quizá así sí que se pueda aspirar a algo tan importante como organizar unos Juegos Olímpicos. Como dice Juan de la Puerta, que aprendan (en catalán, que n'aprenguin).
Esta imagen corresponde a un lugar del mundo mundial. La fotografía la realicé con una cámara digital y con mis manitas, porque si la hubiera realizado con los piececitos quizá no hubiera salido tan bien. Juega conmigo y descubre a qué coquetón país pertenece. Deja tu respuesta en el apartado de comentarios. Entre los acertantes sortearemos un pasaporte para viajar el agraciado y asu acompañante de punta a punta... de Barcelona. ¡Una fantástica tarjeta T-10 a la que sólo le quedarán dos viajes! Mucha suerte
Son las 19:21 horas de un caluroso día de verano en Barcelona. Un día nublado. No podía elegir mejor día para arrancar este proyecto de todo y nada en el que os voy a explicar lo que menos os esperéis. ¿Qué pretendo? Nada en absoluto. Aunque las cosas hay que hacerlas bien. Me presentará. Me llamo Oliver. Una vez, no me dejaron registrarme con mi nick en un chat y decidí rebautizarme como OliverBCN. Vivo en alguna parte de Barcelona, entre el Tibidabo y Montjuïc, entre la Autovía de Castelldefels y la Autopista hacia Girona. Vivo en una ciudad en obras, que tiene un alcalde calzonazos y un teniente de alcalde más preocupado en salir en las fotos que de hacer las cosas bien. Vivo en una ciudad amiga de los animales, tan amiga que permite que cada día haya más palomas -ratas del aire- y gaviotas -gatos aéreos- que se las zampan en plena Plaza de España, ante la atenta mirada de los transeúntes. Vivo en una ciudad especial, en la que no falta de nada y sobra de todo.
No os voy a dar detalles sobre mi vida privada porque no le interesa a nadie, ni siquiera a las revistas del corazón. Si les interesara, a lo mejor me sacaría algunos eurillos con las exclusivas, pero mejor dejemos eso para los famosos y famosillos. Lo único que os diré es que no he participado nunca en Operación Triunfo ni en Gran Hermano, lo cual creo que es una información muy valiosa.
Alguien se preguntará, ¿por qué escribe en castellano y no en catalán? Pues porque quizá así me entienda más gente, porque posiblemente el mensaje llegue a más personas y, sencillamente, no tengo tiempo de hacer una doble versión.
No voy a hacer como un político de derechas barcelonés, que en la revista que edita nuestro fantástico Ayuntamiento alterna el catalán con el castellano. Simplemente, eso es un esperpento.
En fin, que como presentación no está mal. Podría estar mejor, por supuesto, pero lo dejaremos así. Espero que paséis un rato agradable visitando este blog. O no. Depende de vosotros, yo siempre seré el mismo. O al menos lo intentaré.